domingo, 6 de febrero de 2011

NOCHES DE VERANO EN LA CASA GRIS

Me pasó una cosa curiosa hace unos años. Una mañana, al abrir los ojos lo vi todo gris. Al principio creí que quizás se trataba de la falta de luz o de las ganas de sueño, pero no: al abrir las cortinas todo seguía siendo gris. Ese día y los siguientes cumplí con mi rutina, sin confiarle a nadie mi nueva situación. Los primeros días fueron un poco más duros, hasta que empecé a distinguir las diferentes tonalidades. Y, como a todo, te acostumbras.  Nadie parecía advertir mi incapacidad de apreciar los colores, y empecé a sospechar que quizás no era yo el único que había olvidado los colores de las banderas o, sin ir más lejos, de tus labios, antes carmesí y ahora grises. Lejos de alarmarme me percaté de que mi nueva vida era mucho más cómoda, puesto que con los colores se habían ido mucho de los estímulos que me invitaban a caer en tentaciones varias. Y con los estímulos murieron también los impulsos pasionales que me incitaban a buscar otros labios que no eran los tuyos. Y es que, a fin de cuentas, yo era un hombrecillo gris sin más, rodeado de otros hombrecillos grises, que, como yo, se afanaban en ser la sombra de los demás, para no dar un paso en falso.
(...)

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